miércoles, 1 de febrero de 2012

El sol brilla en mi mente


Un último vistazo a mi tierra mientras el avión vuela alto por encima de las montañas catalanas. Ahora, tras media hora, una hora, dos... intento descubrir qué ciudades estoy sobrevolando hasta encontrarme tan solo encima del mar y, más tarde, sobre una gruesa capa de nubes. El sol brilla intensamente sobre mí y me invita a volver a mi lectura.

Tras unos minutos nos avisan que debemos ponernos de nuevo los cinturones (aunque yo no me lo he desabrochado durante todo el trayecto). El avión empieza a introducirse en las nubes espesas, cojo la mano mano derecha de mi madre y le sonrío. Todo empieza a tambalearse y poco a poco el sol nos abandona. Empiezo a vislumbrar algunos edificios, carreteras y más tarde algún que otro parque y bosque. 

Aterrizamos y tras salir del aeropuerto siento por primera vez el frío danés. Durante el trayecto al hotel observo todo lo que me rodea y me sorprende cada pequeña cosa: es la primera vez que veo más gente ir en bicicletas que en coches, que recorro el centro y que me encuentro con caras danesas (¡y escucho hablar danés!). 

Todo parece demasiado nuevo, demasiado distinto. 

Ya en el hotel, y tras haber pasado el día fuera y haber pagado ya con coronas danesas miro cómo es la noche cerca de los Jardines de Tivoli y me preparo para dormir.  

Esto ocurrió el día 21 de enero y ya estamos en febrero. Y sigo sintiendo que esta ciudad es mágica. 

¡Bienvenida a tu ciudad desconocida! me dijo una anciana danesa entre risas unos días después. 

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